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Un mundo roto.

Nuestro planeta atraviesa, actualmente, una de las etapas más violentas de las últimas tres décadas. Según el Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), en 2024 se registraron más de 165.000 eventos de violencia -la cifra más alta desde que existen registros-. Actualmente hay más de 100 conflictos armados activos en todo el mundo, de los cuales, más de 45, se localizan en África y Asia. La ONU estima que 123,2 millones de personas se encuentran desplazadas por guerras, persecuciones o desastres, una cifra récord que equivale a que una de cada 65 personas del planeta ha tenido que abandonar su hogar por causa forzosa. Las guerras de hoy son más prolongadas, más difusas y más olvidadas . Se libran en grandes ciudades, pueblos o desiertos, y la mayoría de las veces, fuera de los titulares. De los 193 países que componen nuestro planeta, más de 50 sufren hoy algún tipo de conflicto armado o crisis política violenta. La intensidad varía, pero el patrón se repite: las regione...

Más allá de los números.


Existe una metáfora que se utiliza mucho en sociología y economía, y que en los últimos años ha ido ganando cada vez más “atención”: el ascensor social. Subir, bajar, quedarse en la misma planta. Se habla de movilidad, de oportunidades, de esfuerzo. Pero pocas veces se habla de que:

No todo el mundo empieza en la misma planta.
No todo el mundo tiene ascensor.
Y, a veces, directamente, el ascensor no para donde vives.

Me he pasado los últimos cinco años de mi vida investigando la desigualdad, en concreto, ese llamado ascensor social. He estudiado cómo el origen familiar, el lugar donde naces o el entorno socioeconómico en el que creces pueden marcar —con más fuerza de la que pensamos— la dirección de tu vida. Y, sin embargo, me sigue sorprendiendo cuán invisibles pueden ser esas desigualdades cuando se presentan como “decisiones personales”, “falta de mérito” o “falta de esfuerzo”.

No escribo este blog para resumir artículos científicos ni para convencer a nadie de que los datos dicen lo que yo quiero que digan. Escribo porque hay cosas que no caben en un gráfico. Porque detrás de cada cifra y cada dato hay una vida. Porque a veces, los datos, son mucho más que meros números.

Este blog será un espacio para pensar. Para compartir historias, preguntas, intuiciones. Para hablar de brechas que no siempre se miden, pero sí importan. Y para escribir con libertad, desde la experiencia de quien ha pasado muchas horas mirando datos, y muchas más pensando lo que muchos se niegan a admitir.