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Un mundo roto.


Nuestro planeta atraviesa, actualmente, una de las etapas más violentas de las últimas tres décadas. Según el Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), en 2024 se registraron más de 165.000 eventos de violencia -la cifra más alta desde que existen registros-. Actualmente hay más de 100 conflictos armados activos en todo el mundo, de los cuales, más de 45, se localizan en África y Asia.

La ONU estima que 123,2 millones de personas se encuentran desplazadas por guerras, persecuciones o desastres, una cifra récord que equivale a que una de cada 65 personas del planeta ha tenido que abandonar su hogar por causa forzosa.

Las guerras de hoy son más prolongadas, más difusas y más olvidadas. Se libran en grandes ciudades, pueblos o desiertos, y la mayoría de las veces, fuera de los titulares.

De los 193 países que componen nuestro planeta, más de 50 sufren hoy algún tipo de conflicto armado o crisis política violenta. La intensidad varía, pero el patrón se repite: las regiones más pobres y con poblaciones más jóvenes son las más expuestas.

Región

     Conflictos          

   Personas desplazadas

         Población < 25 años (%)

África Subsahariana

+35

46 millones

60%

Oriente Medio y Norte de África

15

33 millones

52%

Asia Meridional

10

12 millones

49%

Europa del Este

5

7 millones

28%

 Fuente: Elaboración propia a partir de datos aproximados de ACLED (2025) y ACNUR (2024).

En conjunto, África y Oriente Medio concentran más del 60 % de los desplazados del planeta y la mayoría de los conflictos de alta intensidad. Detrás de esos datos se esconde otra trampa: estos países tienen las poblaciones más jóvenes del mundo, lo que convierte a la infancia en uno de los colectivos más castigados y vulnerables, ya que se incrementa la probabilidad de que esta crezca entre armas, pobreza o migración forzosa.  

África: el continente que sangra en silencio.

África atraviesa una ola de violencia transversal. En el Sahel —esa franja que cruza de Senegal a Sudán— la combinación de cambio climático, pobreza extrema y expansión yihadista ha generado una tormenta perfecta.

  • En Burkina Faso, los ataques armados se han multiplicado desde 2020. Solo en 2024 murieron más de 7.500 personas.
  • En Sudán, el conflicto entre el ejército y las milicias RSF ha desplazado a 14 millones de personas, de las cuales la mitad son niños (ACNUR, 2025). Se está hablando de que podría tratarse de uno de los mayores genocidios de la historia.
  • En Etiopía, tras el fin de la guerra en Tigray, nuevos brotes de violencia étnica han dejado más de 2 millones de desplazados internos.
  • En la República Democrática del Congo, más de 6 millones de personas viven fuera de sus hogares por los enfrentamientos en Kivu e Ituri, mientras el país exporta (junto con Ruanda) el 70 % del coltán mundial, esencial para los teléfonos móviles.

Pero esto son solo algunos ejemplos. En el siguiente mapa se encuentra representado el Índice de Conflicto que elabora el Armed Conflict Location & Even Data (ACLED), donde se puede observar como la mayor parte de los conflictos de concentran en África, así como en Asia y Latinoamérica. 

Fuente: Elaboración propia a partir de datos del ACLED (2025).

Oriente Medio: heridas que no cicatrizan.

Si África sufre en silencio, Oriente Medio grita entre ruinas. 

Desde octubre de 2023, el conflicto en Gaza ha causado más de 60.000 muertes, según estimaciones de la ONU, y ha desplazado al 90 % de la población. El 60 % de las viviendas ha sido destruidas o dañadas, y la red eléctrica y sanitaria ha colapsado casi por completo.

En Yemen, tras una década de guerra, más de la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. En Siria, tras trece años de conflicto, hay 7,4 millones de desplazados internos y otros casi 6 millones refugiados en países vecinos, principalmente Turquía, Líbano y Jordania.

Las cifras muestran un drama generacional: el 48 % de los sirios refugiados en Turquía tiene menos de 18 años; muchos de ellos no asisten a la escuela. Son niños que han pasado más tiempo huyendo que aprendiendo. Cada año sin educación reduce en un 9% su ingreso futuro potencial, según el Banco Mundial. La guerra, así, se convierte en una fábrica de desigualdad a largo plazo.

La relación entre guerra y desigualdad es bidireccional: la pobreza alimenta los conflictos, y los conflictos profundizan la pobreza. El UNDP (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) estima que en países en guerra el PIB per cápita cae entre un 10% y un 15 % en el primer año de conflicto y hasta un 30 % si la guerra perdura hasta diez años.

Pero los efectos más devastadores no se miden en cifras macroeconómicas, sino en vidas truncadas:

  • En contextos de guerra, la mortalidad infantil se calcula que puede llegar a ser tres veces mayor.
  • El abandono escolar puede superar el 60 %.
  • Las mujeres enfrentan tasas de violencia sexual hasta 20 veces más altas que en tiempos de paz.
  • La probabilidad de emigrar forzosamente se multiplica.


El panorama actual deja en evidencia que la violencia y la desigualdad se retroalimentan en un círculo difícil de romper. Las guerras prolongadas desgastan no solo las estructuras políticas y económicas de los Estados, sino también su tejido social, debilitando las instituciones, los sistemas educativos y sanitarios, y reduciendo las oportunidades de desarrollo humano. En este contexto, abordar las causas estructurales —desde la explotación injusta de los recursos naturales hasta la desigualdad en el acceso a la educación, la salud o el empleo— se convierte en una prioridad inaplazable. La paz no puede entenderse sin justicia social, ni el desarrollo sin estabilidad y voluntad política. Solo integrando ambos enfoques será posible reparar la tendencia de un mundo cada vez más fragmentado y desigual.