Cuando el clima te empuja a huir.
"En Kenia, el cambio climático ha borrado las estaciones. Las sequias son cada vez más largas y devastadoras y millones de personas no tienen tiempo ni recursos para recuperarse. Tras una de las peores en décadas, miles de familias se han quedado sin agua, alimentos y sin fuerzas, y muchos niños y niñas ya no pueden ni ir a la escuela. Etoo, director de una escuela en Turkana, lo ha visto de cerca: sus aulas se vaciaron. Los pocos niños y niñas que acudían, después de caminar durante horas buscando agua, llegaban hambrientos y sin energías para aprender."
Así comienza la última carta que he recibido de
Intermón Oxfam, una vez más solicitando apoyo. El cambio climático, un fenómeno
global que durante años se abordó en términos casi exclusivamente científicos,
ha dejado de ser una cuestión abstracta para convertirse en una amenaza directa
sobre la vida de las personas. Hoy, sus efectos se manifiestan a través de
desastres y shocks climáticos cada vez más extremos —riadas, sequías
prolongadas, olas de calor— que impactan de forma inmediata y profunda en las
condiciones de vida, especialmente de quienes cuentan con menos recursos para
hacerles frente.
Aunque el impacto del cambio climático sobre las
poblaciones humanas suele analizarse a través de indicadores físicos —aumento
de temperaturas, cambios en los patrones de precipitación o mayor frecuencia de
eventos extremos—, sus consecuencias sociales más profundas se manifiestan en
fenómenos como el desplazamiento forzado. El desplazamiento interno, entendido
como la movilidad forzada de personas dentro de las fronteras de su propio
país, se ha convertido en uno de los indicadores más claros del coste humano de
la crisis climática, especialmente en regiones con alta vulnerabilidad
estructural.
África subsahariana es, hoy en día, el principal
epicentro mundial de este fenómeno.
Según el Global Report on Internal
Displacement 2025 del Internal Displacement Monitoring Centre (IDMC), en
2024 se registraron a nivel mundial 65,8 millones de nuevos desplazamientos
internos, una cifra sin precedentes. De ellos, 45,8 millones fueron provocados
por desastres, mientras que 20,1 millones estuvieron relacionados con
conflictos armados y violencia. Esta distinción es fundamental: los
desplazamientos por desastres suelen estar asociados a eventos climáticos
extremos, como inundaciones o tormentas, mientras que los desplazamientos por
conflicto responden a dinámicas políticas y de seguridad. Sin embargo, en
muchas regiones del mundo —y de forma especialmente intensa en África— ambas
causas interactúan y se refuerzan mutuamente.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Global Report on Internal Displacement 2025 (IDMC).
África subsahariana concentró en 2024 un total de
19,3 millones de desplazamientos internos, convirtiéndose en la región con
mayor número de movimientos forzados a escala global. Más allá de los flujos
anuales, el dato más revelador es el volumen de personas que permanecen
desplazadas: a finales de 2024, 38,8 millones de personas vivían en situación
de desplazamiento interno en África subsahariana, lo que representa cerca del
46% del total mundial. Este dato no solo refleja la intensidad de las crisis en
la región, sino también la dificultad para encontrar soluciones duraderas que
permitan el retorno, la reubicación o la integración de las poblaciones
afectadas.
El análisis de las causas de estos
desplazamientos revela el papel central del cambio climático. En 2024, 7,8
millones de desplazamientos internos en África subsahariana estuvieron
relacionados con desastres, alcanzando el nivel más alto registrado en la
región. Aproximadamente el 85% de estos desplazamientos fueron consecuencia
directa de inundaciones, un tipo de evento cuya frecuencia e intensidad se han
visto exacerbadas por el calentamiento global. Las lluvias extremas, el
desbordamiento de ríos y la insuficiencia de infraestructuras de drenaje
provocan la destrucción de viviendas, tierras agrícolas y servicios básicos,
forzando a millones de personas a abandonar temporal o permanentemente sus
hogares.
No obstante, el cambio climático no actúa en el
vacío. La región también registró 11,5 millones de desplazamientos por
conflicto y violencia en 2024. Lo relevante desde una perspectiva completa es
que muchos países africanos experimentan simultáneamente ambos tipos de crisis.
En contextos marcados por la inseguridad, la debilidad institucional y la
pobreza estructural, los impactos climáticos funcionan como multiplicadores de
riesgo: una inundación o una sequía puede desencadenar nuevos desplazamientos,
prolongar los existentes o impedir el retorno de personas ya desplazadas por la
violencia. El resultado es una movilidad forzada recurrente, en la que los
mismos individuos pueden verse obligados a desplazarse varias veces en un mismo
año.
Este patrón de “doble exposición” —a riesgos
climáticos y a conflictos— explica en gran medida por qué África subsahariana
acumula un volumen tan elevado de desplazamiento interno prolongado. A
diferencia de otros contextos donde los desplazamientos por desastres tienden a
ser temporales, en muchos países africanos la falta de recursos, la degradación
ambiental y la inseguridad impiden la reconstrucción y la recuperación. Así,
los desastres climáticos no solo generan nuevos desplazamientos, sino que también
consolidan situaciones de vulnerabilidad crónica.
Desde una perspectiva de política pública, estos
datos tienen implicaciones profundas. El desplazamiento interno debe entenderse
como una señal de alerta temprana del impacto social del cambio climático.
Integrar esta dimensión en las estrategias de adaptación, planificación
territorial y reducción del riesgo de desastres es esencial, especialmente en
regiones donde el crecimiento demográfico y la urbanización rápida aumentan la
exposición a eventos extremos. Además, los datos del IDMC ponen de manifiesto la
necesidad de enfoques integrados que aborden simultáneamente los riesgos
climáticos y los factores de fragilidad política y económica.
En definitiva, el análisis del desplazamiento
interno ofrece una ventana privilegiada para comprender cómo el cambio
climático afecta de forma desigual a las poblaciones del mundo. África
subsahariana, responsable de una fracción mínima de las emisiones globales de
gases de efecto invernadero, soporta una carga desproporcionada de los impactos
humanos de la crisis climática. Los datos no solo describen una emergencia
humanitaria en curso, sino que también plantean una cuestión central de
justicia climática: quién paga el precio del calentamiento global y con qué
herramientas cuenta para enfrentarlo.

